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lunes, 25 de noviembre de 2013

CONFERENCIA: SIGNIFICADO DEL PERDÓN PADRE MANUEL JIMÉNEZ

Apuntes tomados de FRANCESC TORRALBA, El PERDON, EDITORIAL MILENIO, LLEIDA 2010.
Encuentro sobre el perdón
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EL PERDON
-No es una casualidad
- No es una necesidad de la naturaleza
- No es un fatalismo.
- No acontece de manera instintiva o mecánica
ES UN ACTO HUMANO, UNA EXPRESIÓN DE LA MÁS PROFUNDA LIBERTAD, UNA MANIFESTACION DE LA CREATIVIDAD.
ES CONSECUENCIA DE UN ESFUERZO, DE UN ACTO DELIBERADO Y VOLUNTARIO.
PERDONAR ES UNA DECISIÓN, UNA ACTITUD, UN ACTO DE VOLUNTAD, UN PROCESO Y UNA FORMA DE VIDA.
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PARA QUE EXISTA EL PERDÓN DEBE HABERSE DADO ALGUNA OFENSA. Solo puede perdonar quien ha experimentado una ofensa.
Hablar de perdón no tiene  ningún sentido si no se especifica inmediatamente lo que debe perdonarse y a quien hay que perdonar. En tanto no se aclare el objeto (ofensa) y el sujeto (ofensor) del perdón, todo empeño en perdonar será en vano.
Hay ofensas que son fruto de la acción y otras que son consecuencia de la omisión. Nos sentimos ofendidos por lo que alguien ha hecho o dicho, o bien por lo que no ha hecho o no ha dejado de decir. En ambos casos debe existir una intención dolosa del ofensor. La ofensa tiene que ser resultado de un acto deliberado, ejecutado intencionalmente, no es consecuencia de un descuido o de un olvido.
Se puede ofender de muchas maneras. Se puede ser agredido en lo físico, afectivo, moral o espiritual.
Mientras más  se ama a alguien más nos duele una ofensa. Quien espera mucho de los demás, aquel que tiene puestas muchas expectativas en los amigos, pareja o hijos, fácilmente se ofende. Jamás se ofenderá quien haya aprendido a no esperar nada, que sepa vivir sin expectativas y aceptar como un regalo cuanto los demás quieran darle.
Hay que observar la manera con que encaja las ofensas y como se depuran en la vida social. S procesamos negativamente  las ofensas, nuestra relación con los demás pierde calidad. El daño que una ofensa causa en el corazón de una persona no se puede cuantificar. Algunas ofensas se olvidan rápido, otras se quedan esquitadas. Una ofensa mal asumida es algo que puede llegar a hacer mucho daño.
Muchas veces las ofensas hieren más de lo que es visible. En el inconsciente hay heridas grabadas que en inciden en la vida consciente.
Toda ofensa tiene un componente trágico en la medida que hiere una relación.
Negar la ofensa es absurdo. La ofensa existe, subiste en la memoria y negarla no es la solución. Perdonar no se puede confundir con olvidar. El objetivo del perdón es conseguir una memoria apaciguada.
Perdonar no consiste en justificar los comportamientos negativos e improcedentes, propios o ajenos. Perdonar no es aceptar, tolerar o hacerse el de la vista gorda. Hacerlo sería convertirse en cómplice. El perdón no es una forma de laxitud moral ni una especie de permisividad que aligera la gravedad de la ofensa. El perdón no es un paliativo ni una excusa. Al perdonar no se exonera al culpable ni se difumina la gravedad del hecho. Perdonar no consiste en relativizar o minimizar el fallo moral. Es reconocerlo en su justa medida, tomar conciencia de la ofensa y, desde este reconocimiento, iniciar un proceso de reconciliación.
El perdón parte del reconocimiento explícito y patente del daño, aunque comprende que éste, por grave que sea, puede ser enmendado.
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PEDIR PERDON
Como cualquier otra actividad humana, el perdón requiere  unas condiciones de posibilidad. Para solicitar y otorgar el perdón, hacen falta ciertos requisitos.
Sólo se producirá una reconciliación si el ofensor toma conciencia de su acción o de su omisión y pide perdón. El agresor debe hacerse consciente del mal que ha causado.
El perdón verdadero no es una escapatoria del remordimiento, ni la salvación del sufragio de la culpa. El perdón genuino no se otorga por estas razones, sino al adquirir conciencia  del sufrimiento del ofendido.
La condición que a priori se revela fundamental en la práctica del perdón, es el sincero arrepentimiento del ofensor. Arrepentirse, es sentir pena por el daño causado. Es experimentar en la propia piel el daño que se ha causado al otro. Solamente puede arrepentirse  quien es capaz de captar emocionalmente el dolor que ha causado en los demás, por lo que hacerse consciente del daño causado no es propiamente un arrepentimiento. El arrepentimiento demanda consciencia, pero también una mirada retrospectiva sobre el pasado.
Es necesario que el ofensor se arrepienta y que la persona ofendida observe verdaderos signos de contrición.
El arrepentimiento encerrado dentro del propio ser no conduce a nada y puede llegar a convertirse en enfermizo. Hay que obligarle a salir al exterior, buscando las palabras, los tiempos y los espacios adecuados para verterlo en la persona agraviada.
La reconciliación y el perdón exigen también una confesión: ante uno mismo y con la persona ofendida. Confesar no es un simple análisis de la situación. Tiene este doble movimiento: atribución (el agresor se imputa el acto cometido) y reconocimiento (se expresa explícitamente).
La función de reconocimiento implica una responsabilidad que debe asumir las consecuencias y aceptar quien sea el otro quien emita el “veredicto”.
La confesión ante el ofendido no es una mera información. Al acto verbal se añade el sentido de un mensaje que devuelve su dignidad a la persona a quien se ha ofendido. He implica la súplica explícita de perdón.
Pedir sinceramente perdón significa comprometerse interna y externamente en no repetir aquel doloroso acto. Además de un acto verbal, es un compromiso de futuro que afecta a toda la persona. Pero no es solo una palabra. Es un proyecto de existencia cambiada.
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Al CONCEDER EL PERDÓN puede caerse en un doble error: sea en vilipendio del acto mismo, sea en la mezquindad de practicarlo.
En el primero de los casos, la persona ofendida otorga el perdón sin evaluar la agresión que ha sufrido, ni valorar su propio ser y el del ofensor. Esto puede conducir a equivoco, provocando que lo que ya quedo perdonado, deje de estarlo.
El perdón requiere tiempo. Todo dependerá de la gravedad de la herida y de la sensibilidad de cada uno. Aunque requiera tiempo, se debe evitar tanto la precipitación como la demora. No se puede obrar precipitadamente, pero tampoco se puede retrasar indefinidamente el perdón, porque esto es un tipo de desprecio.
El perdón como toda práctica humana para hacerse efectiva requiere su tiempo, una determinada cadencia y un ritmo adecuado. Quemar etapas es perjudicial. Hace falta tiempo  para digerir la ofensa, cicatrizar la herida y disipar el dolor. Es imposible adivinar con anticipación el tiempo que cada uno necesita para reconciliarse. Tampoco es posible aplicar sistemáticamente y de manera homogénea los ritmos y los tiempos de la reconciliación.
Además del tiempo, es importante también el espacio. No siempre se está en lugar idóneo para solicitar perdón y/o para conceder perdón. Cada práctica humana necesita su territorio. En el plano de las relaciones interpersonales, la práctica del perdón requiere necesariamente una privacidad, un escrupuloso respeto a la intimidad compartida.
El segundo error es la mezquindad. Es lo que le ocurre a aquella persona ofendida que espera que el otro se humille una y otra vez solicitando el perdón. Esto desvirtúa la naturaleza misma del perdón, que es gratuito y generoso.
Cualquier intento de medir o comparar la culpabilidad con la pretensión de que el otro es más culpable que uno mismo, no da resultados positivos. De hecho, el binomio ofensor – ofendido, no se presente siempre con fronteras nítidas. La obstinación de una de las partes en creerse completamente inocente, y que solo la otra parte es culpable, es una de las causas más comunes de los fracasos en procesos de reconciliación.
El perdón no es una dádiva que hacemos a quien nos hizo daño. No es una especie de paternalismo ni una mirada de conmiseración sobre el otro. Es un acto de liberación a través del cual renunciamos a permanecer aprisionados en el mal que un día nos infringieron. La clave reside en preguntarse lo que se desconoce de aquello que tanto nos ha dolido. Al hacerse esta pregunta, nos abrimos a caminos insospechados de entendimiento hacia la otra persona, a la vez que nos adentramos en un nuevo conocimiento de nosotros mismos y de nuestro propio mundo.
El perdón requiere humildad. De esta manera se puede sobrepasar el sentimiento de superioridad. El perdón carente de humildad es una forma de vejación, en quien lo otorga humilla a quien lo recibe.
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EL RESENTIMIENTO. Obstáculo fundamental.
Entre la voluntad de perdonar y la práctica real y eficaz del perdón, existen muchos obstáculos: estos dependen de la voluntad, pero también de la profundidad de la ofensa y la gravedad de la herida. Hay muchos elementos que pueden limitarlo o anularlo.
Es una reacción emocional ante el otro que sobrevive y revive repetidamente. Su nota característica es el retorno, su repetición interna de una herida recibida injustamente. Radica en la voluntad de permanecer en un momento del pasado, erigiéndolo en verdad única. Distorsiona la esencia de las cosas. 
Pero no es solo una vivencia interna. Trasluce en toda la vida emocional del sujeto, en su manera de afrontar el presente, en sus relaciones interpersonales.
Es muy distinto del recuerdo puramente intelectual. Es revivir la misma emoción, volver a sentir, a re-sentir. Pero no es una repetición exactamente igual al primer momento. El regreso circular aumenta más el odio, magnificándolo con el paso del tiempo. Es una frustración que crece, generando cada día más animadversión. El resentido se encierra en su rencor, cultivándolo y alimentándolo. Se regodea masoquistamente en el dolor.
Su curación implica relacionarse con el pasado, echar una mirada nueva sobre la memoria personal.
El resentimiento es más fuerte entre personas que se han amado o han tenido una relación muy profunda.
Hay resentimientos heredados. Pero el resentimiento lógico es el que experimentamos a causa de un daño sufrido en la propia piel y provocado por alguien presente en el tiempo, a quien conocemos y al que se le puede imputar el agravio producido.
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EL PERDON ES UN ACTO VISIONARIO DE LIBERACION
El perdón es consciente del daño y sabedor del dolor que ésta ha acarreado, pero sabe distinguir entre la persona y el daño que ha provocado, entre el individuo y la ofensa. Perdonar es dar otra posibilidad, apostar de nuevo por la bondad de la persona. Perdonar significa dar una posibilidad a la persona que ha causado el daño. No es pretender que todo va bien. Tampoco es adoptar una actitud de superioridad o de fariseísmo espiritual.
El verdadero perdón implica mirar sin excusas  al pecado, la parte inexcusable, verlo en su horror y en su bajeza, y a pesar de todo reconciliarse con quien lo ha cometido.
Perdonar a quienes nos hayan hecho un daño no presupone que no sintamos rabia. No significa que no debamos exigirles que se responsabilicen de sus actos. Perdonar no es una práctica puramente nominal. No se trata de pedir perdón, esperando que el ofendido lo otorgue. El perdón exige dos condiciones: la voluntad explícita y manifiesta de no causar daño de nuevo y el resarcimiento de los males causados.
Perdonar es ver más allá de los límites de la personalidad del otro. Perdonar exige una transformación de la mirada, para que no éste condicionada por las historias personales y adquiera una capacidad ilimitada, siempre digna de respeto y amor. Perdonar es confiar, tener fe en la condición humana. El perdón parte de la siguiente convicción: la de que todos, sin excepción alguna, tenemos la posibilidad de ejercer la bondad. Cultivar el perdón nos promete la liberación  del poder que ejercen  sobre nosotros las actitudes y hechos de los demás. Nos despierta a la verdad de nuestra bondad y al hecho de que somos dignos de amor.
En la cultura militarista y en su ética bélica el perdón es un fracaso, es una acción propia de los débiles, cobardes y perdedores. En este sentido no es un valor en sí mismo. Pero el perdón no es nada de eso. Pues consiste en combatir contra el más poderoso de los enemigos, el orgullo, el amor propio. 
Perdonar es romper con el círculo de violencia. La opción de perdonar debilita el poder que tienen los opresores de convertirnos totalmente en victimas. Perdonar es negarse  a aceptar como una única solución el odio, la venganza o la violencia. El perdón es contrario a la ley retributiva, a la ley del talión (ojo por ojo, diente por diente). Se basa en la regla de oro: “No hagas a los demás  lo que no quieres que te hagan a ti”. El perdón es expresión de la más sublime libertad de la persona, por cuanto supone su capacidad de romper la lógica de la acción – reacción, la instintiva pasión vengadora y trascenderla. El perdón no va en sentido contrario a la verdadera justicia ni del derecho de autodefensa de la persona o de la sociedad; pero se opone a la venganza y a la visión mecanicista de la vida y de la realidad.
El perdón introduce una novedad en la historia. El perdón es difícil, pero es la única vía para construir un futuro distinto. La capacidad de perdón está íntimamente relacionada con la lógica del don, con la posibilidad de amar. Perdonar  es otorgar una nueva oportunidad, ofrecer una forma nueva de relación. No es perdón cuando nos movemos en la lógica del cálculo de las ofensas, el que está condicionado por lo que hace o dice el otro.
El perdón viene a liberar simultáneamente  a quien perdona y a quien es perdonado; borra la ofensa. El perdón cancela el pasado y por ello puede dar el paso a un futuro distinto. La venganza, en cambio, no sólo liga al pasado, sino que hipoteca también el futuro.

Perdonar es comenzar de nuevo, es por eso como una nueva creación. El acto de perdonar  no es una continuidad ni una transformación de una materia prima, sino la emergencia de un vínculo que es nuevo, por más que las personas que se religan fuesen previas a él. Las personas no pueden volverse a crear, pero sí que pueden empezar de nuevo. Sin embargo, en sentido estricto no es como recomenzar desde cero, puesto que hay una historia viva, unos implícitos, una experiencia compartida y un mutuo conocimiento, pero la relación que recomienza es radicalmente distinta. Por todo ello, además de la compasión y la humildad, el perdón requiere la fe en el nuevo vínculo que se inaugura. El escepticismo hace imposible el ejercicio del perdón, ya que el escéptico no se fía de las palabras de arrepentimiento y, en el fondo, no acaba de creer en las buenas intenciones del que fue el agresor. Tener fe en el nuevo vínculo es confiar en su regeneración, creer que todo puede ser renovado.
El perdón es una forma de confianza explícita en la regeneración, un creer que la persona vale más que sus actos y que, por lo tanto, puede cambiar, llevar a cabo actos más hermosos, nobles y puros en el futuro.

El perdón se inserta de lleno en la dialéctica de lo real y lo ficticio, entre lo que es posible y lo que es imposible. Se basa en el convencimiento de que solo intentando lo que es imposible se llegará a saber de qué es posible. El perdón es un horizonte, un desarrollo nunca completado y tal vez inacabable.

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